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  La problemática de los incendios

  Fuego natural y fuego antrópico  
   

El fuego, como elemento natural modelador de los ecosistemas forestales, ha estado siempre presente en la naturaleza. Muchas especies vegetales se han adaptado a vivir con el fuego, unas haciéndose resistentes al mismo y otras incluso llegando a necesitarlo para su supervivencia. En este sentido, se puede afirmar que la mayoría de los ecosistemas forestales presentes en España, especialmente aquellos de influencia mediterránea, presentan algún grado de adaptación al fuego (cortezas gruesas, capacidad de rebrote, frutos serótinos, abundantes bancos de semillas, etc.).

 
 
La lucha contra incendios debe abordarse de forma integral, desde todas las Administraciones y colectivos implicados.
 
Sin embargo, la actividad humana ha modificado completamente la frecuencia, intensidad y extensión de los
 
 
incendios forestales (en nuestro país, hasta el 96% de los incendios son originados por el hombre). Cuando el intervalo de tiempo entre incendios se reduce, los ejemplares de las especies vegetales que no han alcanzado la madurez desde el incendio anterior no persisten, viéndose reemplazados por los de otras especies más frugales, propias de estados menos maduros de la evolución del ecosistema, generalmente mejor adaptadas a la presencia recurrente del fuego.
 
 
Esta humanización del fuego, que en España se remonta a hace más de 3.000 años, condiciona de forma inevitable la adaptación de las especies. A su vez, la estructura y composición de la vegetación tras un incendio favorece el aumento de la frecuencia e intensidad de los incendios futuros, entrándose así en un círculo vicioso que aumenta la degradación del medio.
 
 
Con una cultura del fuego tan arraigada, es comprensible que las prohibiciones taxativas del uso del fuego, lejos de ser la solución, hayan llegado a ser incluso contraproducentes en ciertas zonas de la geografía peninsular. De hecho, el número de incendios no ha parado de crecer a pesar de la inversión en extinción. De alguna forma, se puede afirmar que se ha mejorado en la extinción (más y mejores medios), pero no se ha trabajado en la resolución de los conflictos socioeconómicos responsables de más de 12.000 incendios intencionados de media al año. En nuestro documento Incendios Forestales, ¿Por qué se queman los montes españoles? de 2005, WWF/Adena aborda el tema en profundidad (disponible en https://www.wwf.es/incendios05.php).
 
 
Esta elevada presencia del fuego no afecta a todo el territorio de la misma forma, por lo que hay zonas que son quemadas de forma recurrente cada 3-7 años, como es el caso de los incendios por intereses agrícolas en Galicia o por intereses ganaderos en la cornisa Cantábrica. Por el contrario, hay muchas zonas del territorio nacional en las que la exclusión del fuego, principalmente por la mejora en la extinción, sí ha tenido un efecto destacable.
 
 
Independientemente de las posibles repercusiones que la lucha contra el fuego haya tenido en la estructura de nuestros montes, lo que está claro es que ésta por sí sola no es la causa de los cambios experimentados en las últimas décadas.
 
 
La gran transformación de la sociedad a lo largo del siglo XX, que ha llevado a gran parte de la población a trasladarse del medio rural al urbano, ha tenido, entre otras consecuencias, un abandono de las prácticas agrícolas y ganaderas. Desde un punto de vista ecológico ha sido positivo en ciertas zonas al favorecer el incremento de la diversidad biológica en el medio natural.
 
 
A su vez, el limitado valor productivo de los productos forestales contribuye también de forma decisiva a la ausencia de gestión forestal, especialmente en los montes privados (tengamos en cuenta que el 67% de la propiedad forestal española está en manos privadas).
 
 
Por último, el cambio experimentado en la política ambiental, pasando de un “se permite todo” a otra de “se prohíbe todo” tiene, sin duda, parte de responsabilidad en este abandono pero, sobre todo, en la pérdida del sentimiento positivo de propiedad (cuidado o cariño) que la población rural tenía de su entorno.
 
 
La repercusión de estos factores es compleja pero todos ellos coinciden al menos en una consecuencia: un aumento significativo de la vegetación (combustible) acumulada en el monte que, a falta de gestión, no hace mas que favorecer la ocurrencia de los grandes incendios.
 

Fuente: WWF/Adena

 
 

 

 

 
   

 

 
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