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  La problemática de los incendios

  ¿Por qué sufrimos Grandes Incendios?  
  Causalidad de los Grandes Incendios Forestales  
   

Independientemente de la importancia de los condicionantes meteorológicos, orográficos o de vegetación, que facilitan la conversión de un incendio a un GIF, todos ellos comenzaron también siendo una pequeña chispa. Con esta premisa, la causa responsable del origen de un gran incendio no debería de ser distinta a la de otro de una pocas hectáreas. Sin embargo, el gráfico 1 muestra que las causas de los GIF son sensiblemente distintas a las de la generalidad de los incendios forestales.

Estudios del Centro Tecnológico Forestal de Cataluña (Plana, 2003) revelaron que, en 1998, el 87% de los propietarios agrarios en la comarca del Solsonès (Cataluña central) eran mayores de 40 años y el 32% mayores de 65. Ese mismo año, la zona fue afectada por el gran incendio de Solsona (26.000 hectáreas),

 
 
La existencia de casas o urbanizaciones es un sumidero de recursos en la extinción de los incendios forestales.
   
  Gráfico 1: Causas de los Grandes Incendios Forestales (GIF). Datos para España durante el período 1991 – 2004.  
   
  Fuente: Elaboración propia con datos del MIMAM.  
 
El gráfico 1 muestra que el 47% de los incendios mayores de 500 hectáreas son intencionados y no relacionados con quemas agrícolas o ganaderas. Esto no tendría por qué ser especialmente llamativo si tenemos en cuenta que el 59% de todos los incendios de causa conocida en España son de origen intencionado.
 
 
Sin embargo, cuando alguien inicia un incendio de forma premeditada en un sitio con gran acumulación de combustible y en un día con condiciones meteorológicas propicias para que el incendio progrese rápidamente y se convierta en un GIF, lo hace con mayor intencionalidad que otra persona que evita estas condiciones críticas. Por ello, este 47% de grandes incendios de origen intencionado revela la existencia de importantes conflictos socioeconómicos que deben atajarse si realmente se quiere ser efectivo en la prevención de estos graves siniestros. Resulta significativa la mayor importancia relativa (ver gráfico 1) de las tormentas secas de verano como causas de grandes incendios, con un 11% de todos los grandes incendios de causa conocida, casiel triple del valor para el total de los siniestros por rayos registrados en España. Las tormentas eléctricas suelen generar multitud de rayos de los cuales sólo un bajo porcentaje prosperan, pero éstos suelen ser favorecidos por vientos importantes que propagan el incendio con gran rapidez. Además, estos incendios por rayos dificultan el acceso de los medios de extinción a las zonas donde tienen lugar, generalmente remotas, además de limitar la actuación de los medios aéreos en una zona tormentosa con baja visibilidad y alta carga eléctrica. Ejemplos recientes de estos incendios pudieron verse en los incendios de Cazorla del 7 de agosto de 2005 o en los grandes incendios de Portugal y Extremadura (Valencia de Alcántara y en las Hurdes) en el verano de 2003.
 
 
Otras causas como quemas de basuras, líneas eléctricas, o motores y máquinas deben recibir todo el peso de la Ley, no sólo por su implicación en los grandes incendios (10% del total), sino porque en todas ellas existe un organismo o empresa responsable de a gestión y que raras veces termina pagando sus delitos ambientales.
 
 
Por último, no podemos dejar de pasar por alto un dato muy relevante que se desprende del gráfico 1. El número de grandes incendios causados por prácticas agropecuarias, quemas agrícolas y para regenera-ción de pastos, no llega al 4% de todos estos grandes incendios de causa conocida, 23 incendios entre 1991 y 2004, cuando el número total de siniestros por estas quemas (incluyendo los negligentes y los intencionados, todos de causas conocidas) asciende a más 93.000 en el período considerado, un 50% de todos los siniestros de causa conocida en España. ¿A qué se debe esto? Pensamos que la razón no es otra que el agricultor o ganadero, conocedor del medio rural en el que se desenvuelve, consciente de los resultados de quemar en días con condiciones meteorológicas extremas, pretende usar el fuego como herramienta agrícola pero no originar un gran incendio. En este sentido, WWF/Adena considera imprescindible que las Administraciones públicas se esfuercen en minimizar el uso no regulado del fuego en la agricultura y la ganadería emprendiendo acciones que persigan el delito pero que también aporten soluciones a las necesidades de la población rural.
 
 
Poniendo las causas de los grandes incendios sobre la mesa, ¿tiene sentido que la mayor parte del esfuerzo en la lucha contra estos GIF se haga desde el punto de vista de la inversión en la extinción? Desde WWF/Adena pensamos que no, que los medios dedicados a la extinción son importantes y necesarios, pero que no solucionaremos el problema de los GIF hasta que las agendas políticas no contemplen la lucha contra los incendios forestales desde la ordenación del territorio, el fomento de la gestión forestal sostenible y la puesta en valor de los bienes y servicios de los montes. Para ello, los ciudadanos también debemos ser consecuentes exigiendo a nuestros políticos una gestión responsable y a largo plazo (más allá de los cuatro años que dura una legislatura) de nuestro patrimonio forestal.
 
  Vegetación afectada por los Grandes Incendios  
 
El gráfico 2 muestra la superficie afectada por los incendios forestales entre 1991 y 2004, diferenciando entre superficie arbolada y desarbolada. Se observa cómo tras los desastrosos años de 1991 y 1994 la superficie forestal afectada, y particularmente la arbolada, ha experimentado un leve pero constante incremento desde 1996 (valores medios para el conjunto nacional).
 
  Gráfico 2: Evolución de la superficie arbolada y desarbolada en España durante el período 1991-2004.  
   
  Fuente: Elaboración propia con datos del MIMAM.  
 
Los gráficos 3 y 4 comparan el número de incendios por zonas geográficas con la superficie quemada arbolada y de matorral, respectivamente. Por ejemplo, se observa que la superficie quemada, tanto arbolada como de matorral, en las CC.AA. del Mediterráneo y del Norte Peninsular se mantiene relativamente constante, mientras que en las CC.AA. de la zona Centro se está experimentando un ligero aumento. En cuanto al número de siniestros, lo que más llama la atención son las enormes oscilaciones en la zona Norte, resultado de las actividades agropecuarias, como se indicó anteriormente y, sobre todo, el hecho de que es el número de incendios de esta zona geográfica el que marca la clara tendencia al alza en el total de incendios forestales en España.
 
  Gráfico 3: Evolución del número de incendios y superficie arbolada quemada por zona geográfica  
   
  Gráfico 4: Evolución del número de incendios y superficie de matorral quemada por zona geográfica durante el período 1991-2003.  
   
  Zona geográfica del Mediterráneo: Cataluña, C. Valenciana, Murcia, Andalucía e Islas Baleares. Zona Centro: Castilla y León, Castilla-La Mancha, La Rioja, Aragón, Comunidad de Madrid, y Extremadura. Zona Norte: Galicia, Asturias, Cantabria, País Vasco y Navarra.
Fuente: Elaboración propia con datos del MIMAM.
 
 
¿Existen diferencias entre la vegetación que se quema en un gran incendio con respecto a otro que no lo es? A igualdad de condiciones climatológicas y orográficas, son dos aspectos del estado de la vegetación, principalmente su estructura (densidad, altura, mezcla de estratos...) y su composición específica, los que pueden condicionar la virulencia del incendio. Una vez que el incendio adquiere grandes proporciones, éste suele generar sus propias condiciones meteorológicas, con grandes vientos originados por las grandes emisiones de calor. A partir de entonces, el papel de la vegetación es menos relevante, sin bien la existencia de grandes acumulaciones de vegetación combustible contribuirá a elevar la intensidad del fuego que a su vez volverá a influir en la meteorología y facilitará aún más su propagación. El estudio de las características del combustible en estas etapas previas a la formación de un GIF podría aportar información valiosa para la prevención de estos siniestros.
 
  Gráfico 5: Comparación de la superficie arbolada que se quema en los Grandes Incendios Forestales (GIF) con respecto a la que se quema en el resto de los incendios. Datos para el conjunto nacional (período 1991-2004).  
   
  Fuente: Elaboración propia con datos del MIMAM.  
  Gráfico 6: Comparación de la superficie desarbolada (matorral más pastos) que se quema en los Grandes Incendios Forestales (GIF) con respecto a la que se quema en el resto de los incendios.  
   
  Fuente: Elaboración propia con datos del MIMAM.  
 
El análisis de la estadística de incendios nos muestra que la superficie arbolada (gráfico 5) se quema en mayor proporción que la desarbolada (gráfico 6) en los grandes incendios, más cuanto más extremo es el verano, como ocurrió en 1991, 1994, 2003 o 2004. Visto al revés, las grandes masas arbóreas con grandes espesuras (estructuras frecuentes en las repoblaciones forestales ausentes de gestión) están ligadas a los grandes incendios.
 
 
Se aprecia, por ejemplo, que en los 4 años anteriormente mencionados del período 1991-2004 más del 60% de la superficie arbolada quemada lo fue por GIF, dato extremadamente relevante si tenemos en cuenta que el número medio de estos GIF fue únicamente de 34 grandes incendios al año (media del período 1991-2004), mientras que el resto de la superficie (incendios menores de 500 hectáreas en los gráficos 5 y 6), apenas el 40%, se corresponde a más de 19.400 incendios de media al año.
 
  Factores condicionantes de los Grandes Incendios  
 
El aumento del número de medios de extinción y su profesionalización contribuyen a que los grandes incendios sean poco frecuentes. Sin embargo, es inevitable que de 26.000 siniestros al año (dato de 2005) un pequeño número de ellos (40 ese mismo año) iniciados en momentos y condiciones críticas de temperatura, humedad, viento y estado de la vegetación, acaben produciendo una catástrofe. En este sentido, la prevención de los GIF encaja en el mismo contexto de investigación de causas, gestión integral del territorio, aumento de la presión fiscal, etc. que el resto de siniestros, pues reduciendo el número de incendios forestales en conjunto estaremos reduciendo también las probabilidades de ocurrencia de los GIF.
 
 
Lamentablemente, los GIF dependen de muchos más factores. Por un lado, existen condicionan-tes de tipo climatológico y meteorológico, situaciones ambientales tan severas capaces de que un pequeño incendio se torne ingobernable a las pocas horas de haberse iniciado. Pero, por otro lado, en el origen de los GIF existen condicionantes estructurales, como la ausencia de gestión forestal, el aumento de combustibilidad o la penetración desordenada de usos urbanos en el medio rural. Por todo ello, los GIF son el peor de los síntomas de la existencia de un medio rural dañado y de una ineficaz ordenación territorial.
 
  · Vulnerabilidad del monte  
 
Los cambios sociales, económicos y políticos experimentados en el medio rural a lo largo del siglo XX han motivado, entre otras consecuencias, un considerable aumento de la vulnerabilidad de nuestros montes ante los GIF. Así lo demuestra un estudio de TRAGSATEC (Rábade y Aragoneses, 2004) consistente en la comparación de los Inventarios Forestales Nacionales IFN1, IFN2 e IFN3 (1964-2004). Indudablemente, una vez iniciado el fuego, este aumento de la biomasa fomenta la ocurrencia de GIF al facilitar el paso del fuego a las copas, lo que aumenta la intensidad del incendio y dificulta su control.
 
 
A su vez, el incremento en la densidad del arbolado reduce las opciones de que una vez el fuego haya alcanzado las copas pueda volver a bajar a la superficie, donde los medios de extinción serían más efectivos y actuarían con mayor seguridad.
 
 
Para WWF/Adena, este aumento de combustibilidad tiene su justificación en una problemática compleja ligada al modelo de desarrollo económico español en los últimos años y que podríamos resumir en la frase humanización del monte y posterior abandono. Hoy en día es improbable encontrar lugares donde los distintos usos o actividades del pasado (guerras, ganadería, cultivos, etc.) no hayan provocado cambios de especies o de estructura, alteraciones o degradaciones importantes en definitiva, y este tipo de monte tan humanizado ya no es capaz de recuperarse por sí mismo. El cese, sin más, de la actividad económica que soportaba lo ha dejado en pocos años en un estado de gran vulnerabilidad ante el fuego.
 
  Las causas estructurales del aumento de la vulnerabilidad del monte son:  
 
a) Abandono de actividades agrarias.
Según el Anuario de Estadísticas del Ministerio de Agricultura y Pesca, desde 1992 a 2002 se abandonaron dos millones de hectáreas deajron de ser de uso agrícola, de las cuales 575.000 hectáreas pasarona ser consideradas de “uso forestal” gracias, entre otros, al Plan de Reforestación de Tierras Agrícolas. Otras 766.000 hectáreas se convirtieron en prados naturales y pastizales. El resto, 700.000 hectáreas, aún no están catalogadas con ningún uso específico, lo que a efectos de la problemática de los incendios las sitúa en “tierra de nadie”. Estas superficies abandonadas, frecuentemente próximas a puntos habituales de ignición (carreteras, caminos, poblaciones, etc.), facilitan enormemente la propagación de incendios forestales.
 
 
b) Reducción de la gestión forestal
Los grandes proyectos de repoblaciones forestales de mediados del siglo pasado son responsables de un buen número de las masas arboladas actuales, algunas de ellas incluso declaradas espacios naturales protegidos, como Sierra Espuña (Región de Murcia) o los Pinares de Barbate (Cádiz). Hoy podemos afirmar que estos proyectos cumplieron a grandes rasgos los objetivos socioeconómicos para los cuales fueron concebidos hasta la década de los 80, como el desarrollo de comarcas desfavorecidas, la creación de empleo o la protección de cuencas hidrográficas. Y también es cierto que, se cometieron abusos en la tala de especies autóctonas y se aplicaron algunas técnicas inapropiadas, como los aterrazamientos para la preparación del terreno o la propia elección y distribución de las especies a plantar (sustitución de monte autóctono por especies de crecimiento rápido como eucaliptos y pinos). Varias décadas después, los productos (madera, leñas, resina...) y servicios (como el uso urbano actual del monte) que la sociedad demanda de estas reforestaciones han cambiado, lo cual ha contribuido a que se haya abandonado su gestión. El estudio del IFN realizado por TRAGSATEC (Rábade y Aragones, 2004) muestra que en la década de los 80 la selvicultura actuaba sobre el 25% del total nacional, una de cada cuatro hectáreas de bosque. El IFN3 revela que actualmente se trabaja sobre una de cada seis hectáreas (15%). Especialmente llamativo es el caso de Galicia, dondelas prácticas selvícolas se han reducido un 60% entre los inventarios IFN2 e IFN3. Estas masas forestales abandonadas a su suerte son el ingrediente esencial para la propagación de un gran incendio.
 
 
c) Eficiencia de los medios de extinción
En numerosas zonas de España, especialmente en Galicia y la cornisa Cantábrica, el elevado número de incendios (más del 65% del total nacional) castiga de forma reiterada las mismas zonas una y otra vez, en ciclos de entre 3 y 7 años, lo que dificulta la acumulación de vegetación combustible. Sin embargo, en otras zonas de nuestro país, la eficiencia de la extinción contra incendios favorece la acumulación de vegetación. En definitiva, combustible que no se deja quemar pero que tampoco se gestiona. Esta vegetación que “no dejamos quemar” seguirá creciendo y hará aumentar cada vez más el grado de vulnerabilidad del monte, quedando más material vegetal dispuesto a arder en el próximo incendio. Esto hecho es conocido como la “paradoja de la extinción”: la eficiencia en la extinción contra los incendios de hoy, unido a la ausencia de gestión del combustible, aumenta la vulnerabilidad del monte frente a los grandes incendios de mañana. En definitiva, se reduce la superficie quemada de la gran mayoría de los incendios, pero habrá unos pocos grandes incendios que quemarán más superficie que todos los otros juntos, con terribles consecuencias ambientales y sociales.
 
 
d) Pérdida de valor de los productos forestales
Aproximadamente dos tercios de la propiedad forestal en España está en manos privadas. La pérdida de rentas en estas fincas, por la caída de precios de los productos forestales, implican que un propietario no pueda asumir la gestión forestal de su finca y, con ello, se generan ceses de actividad que ocasionan graves acumulaciones de vegetación, lo cual puede facilitar el desarrollo de un GIF. Un caso típico lo podemos ver en dehesas abandonadas donde el matorral reemplaza al pastizal. Éste arde con más intensidad poniendo en riesgo la propia supervivencia del arbolado de encinas, alcornoques o quejigos, lo que a su vez agudiza las pérdidas de renta.
 
 
e) Despoblamiento rural
El abandono rural sufrido a finales del siglo XX es, sin duda, una de las causas estructurales del aumento de la devastación de los grandes incendios, pues es causa y efecto de la disminución de las actividades agrosilvopastorales comentadas en los párrafos anteriores. Como indicador se puede dar el dato nacional de que la población activa rural (número de empleos) en 1988 era de 1.600.000, mientras que en 2002 ha bajado a 800.000 (ASEMFO, 2003). Las razones del abandono rural residen principalmente en: la baja rentabilidad económica de las actividades agrarias; la precariedad de los servicios e infraestructuras en el medio rural; las oportunidades de empleo, desplazadas al medio urbano; y los cambios sociales con consecuencias tales como la falta de reconocimiento social de la figura del agricultor (sentimiento de abandono y ruptura con la Administración por parte de éste) o la expansión del uso urbano del monte, entre otras.
 
 
f) Políticas forestales
Las distintas políticas de gestión forestal también han influido en el aumento de la combustibilidad. Para empezar, existe un claro déficit de inversión por hectárea con relación a las cuantías planificadas en los planes forestales. Pero la repercusión va más allá, pues el medio rural (resultado de las encuestas del Plan 42 de la Junta de Castilla y León, 2005), acusa a las Administraciones forestales de romper el vínculo entre la población rural y el monte, mediante políticas restrictivas y abusivos consorcios, o con cuestionables cambios de especies, entre otros. Muchos de los montes de Ayuntamientos que se consorciaron a mediados del siglo pasado se devuelven ahora a los Ayuntamientos sin que éstos puedan gestionarlos económicamente.
 
 
g) Políticas agrarias
La falta de rentabilidad de muchas tierras de uso agrario ha sido la principal causa de abandono de las mismas, con consecuencias en el crecimiento de la vegetación y riesgo de incendios ya comentadas.
 
 
Sin embargo, las políticas de subvenciones basadasen primar por no cultivar tienen también una importante responsabilidad en la invasión del matorral en muchos terrenos agrarios.
 
  Climatología severa y cambiante  
 
En un escenario en el que el cambio climático está haciendo que aumente la temperatura y alterando el régimen de precipitaciones, junto a la mayor presencia de fenómenos tormentosos con alta carga eléctrica, los incendios forestales no vienen más que a realimentar el proceso con un mayor aumento de las emisiones de CO2 a la atmósfera y un deterioro de la capacidad de regulación hidrológica del terreno.
 
 
Las masas forestales utilizan la energía solar para asimilar el CO2 de la atmósfera mientras que los incendios revierten el proceso. En este sentido, los incendios forestales pueden ejercer un papel mucho más importante de lo que en principio se pensó en el crecimiento del efecto invernadero en la atmósfera.
 
 
Zonas del mundo que durante milenios han sido sumideros de CO2 pueden, de repente, convertirse en fuentes del mismo. Investigaciones de la NASA han demostrado que gran parte del contenido extra de metano, dióxido y monóxido de carbono encontrado en la atmósfera en 2000 se originó en los grandes incendios de Indonesia y Brasil durante las sequías de 1997 y, sobre todo, 1998, donde se quemaron casi 20 millones de hectáreas.
 
 
Pero también es evidente que el cambio climático tendrá un efecto importante sobre la frecuencia y, sobre todo, el comportamiento de los grandes incendios en todo el mundo. Con respecto a la frecuencia, los modelos existentes predicen un aumento del 40% de la probabilidad de rayos que inicien incendios en las zonas boreales y un 26% en California. Modelos de predicción canadienses y del Oeste de Estados Unidos hablan de un incremento del 46% en la superficie quemada en un escenario donde la atmósfera contenga el doble del CO2 actual. En el Mediterráneo se prevé un incremento de la lluvia en invierno pero unos veranos más largos y calurosos.
 
 
En España, distintos estudios (Moreno, 2004) revelan que la predicción para 2020 es de un aumento del 20% en los índices de severidad (basados en variables meteorológicas y su repercusión sobre el estado de la vegetación y propagación del fuego), mientras que para finales de siglo las predicciones nos sitúan en un empeoramiento de entre el 40 y del 70% en estos mismos índices. La distribución de estos índices de peligro no es homogénea a lo largo del territorio, por lo cual es esperable que en algunas zonas donde la severidad de los índices de peligro ya es extrema se extenderían estas condiciones a otras épocas del año, mientras que en otras donde no se producen tantas situaciones de alto peligro de incendios aumentarían estas situaciones a medida que avance el siglo. Si partimos de la base (como se ha citado en numerosas apartados de este documento) de que los grandes incendios se encuentran asociados a condiciones meteorológicas de alta severidad el pronóstico no es nada halagüeño: la repercusión de los grandes incendios será cada vez mayor.
 
  Urbanización del monte  
 
La ausencia de políticas de ordenación territorial coherentes ha propiciado, especialmente desde finales de los años 70, una incursión caótica de las estructuras urbanas (viviendas principalmente, pero también hoteles, albergues, zonas de acampada, etc.) en el monte. La repercusión de la expansión de la interfase urbano-forestal en los incendios forestales es compleja.
 
 
Por un lado, esta situación desordenada de los usos urbanos en el medio rural (densificación de caminos y líneas eléctricas, usos recreativos intensos, etc.) contribuye a aumentar los riesgos de ignición, tanto por negligencias como por malas intenciones. Por otro lado, y desde el punto de vista de la extinción de los grandes incendios, el problema es bien diferente al obligar a los directores de las tareas de extinción a priorizar los recursos hacia la defensa de las vidas humanas y de los bienes materiales. Este hecho, que es lógico y se ha asumido hasta la fecha con normalidad, condiciona la utilización de la gran mayoría de los medios de extinción, obligándoles a adoptar una estrategia de “defensa” en lugar de “ataque”. El resultado es que la probabilidad de que un incendio forestal se haga mayor aumenta.
 
 
En el conjunto del territorio nacional las zonas más vulnerables debido a la interfase urbano-forestal son las zonas metropolitanas y de costa de Cataluña, costa Levantina y Costa del Sol, así como las urbanizaciones de la Sierra de Guadarrama en la Comunidad de Madrid. Algunos GIF como el del Cabo de Roses en Girona, Mijas en Málaga o Abantos en San Lorenzo del Escorial son buenos ejemplos de esta problemática.
 

Fuente: WWF/Adena

 
 

 

 

 
   

 
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